Colombia, Venezuela y Chiapas sufrieron sismos del mismo rango con desenlaces opuestos. La diferencia no la marcó la magnitud, sino la capacidad que cada país construyó antes del sismo.
El 10 de agosto un sismo de magnitud 7.4 sacudió el occidente de Colombia, con epicentro en el Chocó. Dejó más de un centenar de víctimas y llevó al gobierno a declarar desastre nacional. No fue un hecho aislado: este mismo verano, el 24 de junio, un doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 golpeó Venezuela con un saldo de miles de víctimas según las cifras oficiales. El 17 de julio, un sismo de magnitud 7.3 frente a las costas de Chiapas activó una alerta de tsunami en México.
Tres eventos del mismo rango de magnitud, en la misma región, con resultados radicalmente distintos. Ahí está la clave de todo el debate. En Chiapas, un sismo mayor con alerta de tsunami se saldó sin grandes daños. La diferencia entre un país y otro no la marcó la magnitud del sismo, sino la capacidad instalada para enfrentarlo. Por eso la pregunta “¿está México preparado para un gran terremoto?” hay que reformularla: no se trata de qué tan fuerte tiemble, sino de cuánta capacidad hemos construido. Eso se llama resiliencia.
Con esa vara, conviene separar tres cosas que suelen mezclarse.
En lo que sí avanzamos: alertar y responder
México es probablemente el país de América Latina con la cultura de preparación sísmica más desarrollada. No fue gratis: lo pagamos en 1985.
El Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX) cubre hoy diez estados, con más de 14 mil altavoces y cerca de 96 sensores. Según la distancia al epicentro, da entre 20 y 120 segundos de aviso. En un hospital, una escuela o una fábrica, esos segundos son la diferencia entre una evacuación ordenada y el caos.

La respuesta tampoco descansa en una sola institución. Todo se articula a través del Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC), que coordina a los tres órdenes de gobierno y a los sectores social y privado ante una emergencia. Sobre esa estructura, las Fuerzas Armadas activan el Plan DN-III-E y el Plan Marina, con una capacidad logística que pocos países de la región tienen. El sector privado, por su parte, se ha sumado a fortalecer al eslabón más frágil, el pequeño negocio, a través de ARISE, la Alianza del Sector Privado para Sociedades Resilientes de la UNDRR. Sumado a la cultura de simulacros, este es un ecosistema de respuesta maduro.
En lo que seguimos rezagados: prevenir
Aquí está el problema de fondo, y es incómodo. La alerta y la respuesta actúan cuando el sismo ya ocurrió. La prevención decide qué tan grande será el golpe, y ahí tenemos tres huecos.
El primero es la vivienda. Según la Encuesta Nacional de Vivienda del INEGI, el 62.8% de las viviendas se produjo por autoconstrucción o autoproducción: las levantó su propio dueño, muchas veces sin proyecto estructural, sin supervisión y sin normas de diseño sísmico. La alerta sísmica no salva a quien vive en una casa que no resiste.

El segundo es normativo. México no tiene un reglamento nacional de construcción. Por el artículo 115 constitucional, la responsabilidad recae en cada uno de los más de 2,400 municipios. Ciudad de México tiene de las normas más exigentes del continente; a pocos kilómetros, en municipios conurbados o rurales, esa exigencia simplemente no existe.
El tercero es de información. Apenas uno de cada cuatro municipios (cerca del 25%, según el CENAPRED) cuenta con un Atlas de Riesgos actualizado. No se puede gestionar ni reducir un riesgo que no se ha mapeado. Sin atlas, un municipio planea, autoriza obra y responde a ciegas.

El resultado es una capacidad de afrontamiento profundamente desigual entre estados y municipios. El mismo sismo no produce el mismo desastre en un lugar que en otro, y esa diferencia se escribe años antes, en la prevención.
El riesgo es sistémico: un peligro llama a otro
Un error frecuente es pensar el sismo como un evento aislado. No lo es. Un gran terremoto en la costa puede detonar un tsunami, y ese tsunami, al llegar a un puerto industrial, puede provocar un desastre tecnológico: fugas, incendios o derrames en instalaciones críticas. Es lo que se conoce como riesgo NATECH, la cadena natural-tecnológica.
Pensar en sistémico obliga a preparar no solo a las personas, sino a la infraestructura estratégica. Por eso trabajamos para llevar a la ciudad-puerto de Manzanillo al reconocimiento internacional Tsunami Ready de la UNESCO, de la mano del Centro de Alerta de Tsunamis de la Secretaría de Marina y del CENAPRED. Preparar un puerto no es solo poner sirenas: es mapear zonas de inundación, trazar rutas de evacuación, integrar el alertamiento y anticipar la cadena de efectos.

Dónde está el mayor riesgo, y por qué no es solo el Pacífico
Cuando me preguntan qué zonas preocupan más, hay respuestas conocidas y una advertencia.
Las conocidas: el suelo lacustre del Valle de México, que amplifica las ondas y las hace durar más, factor decisivo en 1985 y 2017; la brecha sísmica de Guerrero, un segmento de costa entre Papanoa y Acapulco que no ha liberado por completo su energía desde la serie de 1845 a 1911, con un potencial estimado de magnitud 8.2 a 8.4, a poco más de 300 km de la capital; y la brecha sísmica de Colima, en la zona de subducción de la placa de Rivera frente a las costas de Colima y Jalisco, que ha producido sismos mayores como el de 1995 (magnitud 8.0) y el de Tecomán en 2003 (magnitud 7.6), y que se mantiene entre las de mayor potencial del país.
La advertencia: la sismicidad en México no es solo la costa del Pacífico ni solo la Ciudad de México. El Servicio Sismológico Nacional (SSN) registra miles de sismos al año distribuidos por buena parte del territorio, no solo en el sur. Han ocurrido sismos mayores en Jalisco, Veracruz y el Estado de México, y en el noroeste, en Mexicali y en Bavispe, Sonora, donde ni siquiera existe un sistema de alerta sísmica. El propio 2017 nos corrigió: el país miraba hacia la subducción del Pacífico y el golpe llegó de un epicentro intraplaca en Puebla y Morelos, donde no se esperaba. La preparación no puede concentrarse solo donde ya sabemos que tiembla.
La lección de fondo
Comparemos 1985 con 2017. Con un país mejor preparado, mejores normas y cultura de simulacro, el 19 de septiembre de 2017 muchos edificios se evacuaron de forma preventiva y resistieron. Lo que funcionó fue lo que hicimos antes del sismo.
Comparemos también la región hoy. Venezuela y Chiapas vivieron sismos de magnitud parecida con desenlaces opuestos. La variable no fue la falla geológica; fue la capacidad construida para resistir, responder y recuperarse.
Entonces, ¿está México preparado? Para alertar y responder, más que casi cualquier país de la región. Para prevenir, no lo suficiente, y esa brecha no se cierra con tecnología, sino con decisiones: un código sísmico nacional que los municipios puedan adoptar, atlas de riesgos actualizados, supervisión real, reforzamiento de la vivienda existente y planes de continuidad para que hospitales, escuelas y empresas sigan operando después del golpe.
Esa agenda va más allá de la ingeniería estructural. Pasa por democratizar el conocimiento del riesgo, poniendo datos claros sobre las amenazas locales en manos de comunidades y gobiernos para que decidan con información y no a ciegas. Pasa por alinear las finanzas públicas con la regulación, revisando los presupuestos estatales para dejar de subsidiar, sin proponérselo, la creación inadvertida de nuevos riesgos. Pasa por innovar en la transferencia de riesgos, con seguros y mecanismos financieros sostenibles a la altura de la crisis climática. Pasa, finalmente, por anticipar los impactos: financiar la acción temprana, que cuesta mucho menos que una respuesta humanitaria tardía y reactiva. Prevenir no es un gasto; es la inversión más rentable en gestión del riesgo.
El terremoto no distingue entre quien se preparó y quien no. La diferencia se decide antes, y no se mide en la magnitud de momento (Mw), sino en cuánta resiliencia fuimos capaces de construir. La próxima gran prueba no se gana el día del sismo. Se gana ahora.
Una forma concreta de empezar es este 19 de septiembre a las 12:00 horas, con el Segundo Simulacro Nacional 2026 y sus cinco escenarios de riesgo. Prepararse también se ensaya: registra tu casa, tu escuela o tu empresa y participa en simulacronacional.sspc.gob.mx.
Josué Serrano
MITIGA
Profesor de la Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra (UNAM) y de la Escuela Nacional de Protección Civil.
Contacto:
LinkedIn: Josué Serrano
josue@mitigariesgos.com
Fuentes
INEGI, Encuesta Nacional de Vivienda (ENVI 2020); CENAPRED (cobertura de atlas de riesgos municipales); HELIOS, “Hacia un código modelo nacional para diseño sísmico”; CIRES / Simulacro Nacional 2026 (cobertura SASMEX); SkyAlert (brecha de Guerrero; sismos de Venezuela 2026); SSN-UNAM / Servicio Geológico Mexicano (zona de subducción Colima-Jalisco y placa de Rivera); Chequeado y CNN en Español (sismo de Colombia, 10 de agosto de 2026); Infobae / CNN (sismo de Chiapas, 17 de julio de 2026).


